el otro día, viendo a beach house, me di cuenta de lo fáciles que pueden ser a veces las cosas. tres personas en el escenario, secuencias de fondo, luces, sonido y ya. canciones. canciones bien construidas y bien interpretadas, sin artificios, tal como son. y una estética simple y efectiva. disfrutamos mucho del concierto, aunque supongo que habrá mucha gente a la que este tipo de cosas no le llamen lo más mínimo la atención. yo no he sido nunca de barroquismos, así que tampoco es de extrañar que me quede embobado con determinadas cosas y sin embargo otras de mucho mayor nivel no me digan nada. al final todo es cuestión de emoción, y es cierto que lo que me rebosa ya no me emociona. me pasa con esos solos de jazz que llevan tantas notas en tan poco tiempo que cuando acaban se te relajan todos los músculos.
y ahora nos toca a nosotros subirnos a los escenarios, primero unos y luego otros. y entonces es cuando hay que aprovechar lo que has aprendido en otros lugares, bien tocando, o bien entre el público. y recordar siempre que lo más importante, al final, no es tanto lo que haces, sino el cómo lo haces. la gente que estará allí viéndote ya sabe cómo suena tu música. ya sabe quién eres, te conoce. y el directo no es repetir lo que está grabado poniendo tu cara. no. el directo es transmisión, es comunicación. probablemente puedas tener el peor sonido del mundo y que la gente se vaya a su casa pensando "qué gran concierto, lástima de sonido". vale, es malo, pero peor es "vaya mierda de concierto, no me han dicho nada". eso sí sería un problema. si tú mismo no transmites, a ver qué coños va a sentir el que está abajo.
muchas veces le damos mil vueltas a las cosas, y algunas de ellas nos pasamos. yo mismo me preocupo de mil detalles antes de subir al escenario. y luego, en el calor, todo pasa a segundo plano. es la música, y lo que tú pongas en ella, lo que vale. tu emoción. tu transmisión.
el resto es ornamento. la esencia no está ahí.